2 de Marzo, 2026

Valorar las diferencias de género para formar una sociedad mejor

Cristina Nahum Enjem.

Cristina Nahum Enjem.

Subdirectora línea de Gestión de Personas de la Escuela de Administración y Negocios de Duoc UC.

8 minutos de lectura

En el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, resulta fundamental relevar el aporte de las mujeres en la docencia y su impacto en la formación integral de las personas. Reflexionar sobre este aporte implica ir más allá de la presencia femenina en los espacios educativos y detenerse en el modo en que ejercemos la docencia, nos vinculamos con nuestros estudiantes y contribuimos a formar personas capaces de convivir, dialogar y construir en contextos diversos. La presencia femenina en los espacios educativos ha sido históricamente clave, no solo en la transmisión de conocimientos, sino también en la construcción de experiencias formativas centradas en la persona.

Como docente y gestora de personas, he aprendido que formar es acompañar trayectorias de aprendizaje profundamente marcadas por las historias, identidades, contextos y experiencias de vida de quienes habitan la sala de clases. Desde la mirada de mujeres docentes, ejercer la docencia implica acompañar trayectorias de aprendizaje desde la escucha activa, la empatía, el cuidado y la generación de vínculos de confianza, elementos que fortalecen la gestión docente y favorecen entornos educativos más humanos e inclusivos.

La docencia, entendida como un proceso relacional, se convierte así en un espacio privilegiado para promover una formación con enfoque de equidad de género. Este enfoque no se limita a la incorporación de contenidos teóricos, sino que se expresa en prácticas cotidianas, en la forma en que miramos al otro y en cómo validamos su experiencia dentro del aula. La sala de clases debe ser un espacio donde se integren y respeten las legítimas diferencias de género, etnias, edades y trayectorias de vida (entre otras dimensiones de la diversidad), donde se viva la inclusión y la equidad en cada palabra, gesto, reconocimiento y actitud del docente, y donde la seguridad psicológica se palpe en el ambiente.  

Cuando el aula se configura como un espacio seguro, donde se superan lógicas de competitividad asociadas al género y se evoluciona hacia una visión inclusiva que valora las diferencias, se favorece el máximo potencial de los estudiantes. He sido testigo de cómo, en estos contextos, los estudiantes desarrollan mayor autoconfianza, se atreven a expresar sus opiniones y aprenden a valorar el aporte del otro, incluso cuando este es distinto al propio. En estos espacios se fortalecen la autoconfianza, la capacidad de colaboración, la empatía y el respeto por el otro, competencias fundamentales para el desarrollo personal, académico y profesional.

Sin embargo, en mi experiencia, para que estos entornos realmente se consoliden, el rol del docente es determinante. La equidad de género y la inclusión no se sostienen únicamente en el diseño instruccional de la asignatura o en teorías y casos prácticos, sino desde la actitud con la que el propio docente se posiciona frente a la diversidad. Escuchar genuinamente, desarrollar la capacidad de integrar opiniones distintas a la propia y ejercer la humildad como una práctica permanente son condiciones esenciales para que la equidad se viva de manera auténtica en el aula.

Diversos estudios en el ámbito educativo han demostrado que los entornos de aprendizaje inclusivos no solo mejoran la experiencia formativa, sino que también inciden positivamente en la motivación, la participación y el compromiso de los estudiantes con su proceso educativo. Más allá de la evidencia teórica, la experiencia docente confirma que estas habilidades no se desarrollan de manera espontánea: requieren ser vividas, observadas y modeladas por quienes ejercemos la docencia.

Desde esta perspectiva, la inclusión de la diversidad implica también un trabajo personal y profesional del docente. Como mujeres docentes, no estamos exentas de sesgos ni de la tentación de defender con rigidez nuestra propia visión. Fortalecer la equidad de género requiere humildad: la capacidad de dejar de lado el ego, de reconocer que nuestra mirada no es superior a la de otros y de acoger el valor de perspectivas distintas, incluso cuando desafían nuestras propias convicciones. La equidad no se construye imponiendo una visión, sino validando y legitimando la diferencia.

Estas condiciones adquieren especial relevancia al considerar la vinculación entre educación y el mundo del trabajo. Hoy las organizaciones enfrentan entornos crecientemente complejos, diversos y dinámicos, lo que ha llevado a una revalorización de las habilidades socioemocionales y relacionales. Desde la formación en Gestión de Personas, esta conexión es especialmente evidente: los resultados sostenibles no se alcanzan desde la competencia individual, sino desde la colaboración, la confianza y la integración de miradas diversas. En este contexto, la formación en equidad de género y en prácticas inclusivas se transforma en un factor clave para la empleabilidad y el desempeño laboral.

Las empresas ya no solo buscan conocimientos técnicos, sino también personas capaces de trabajar colaborativamente, respetar la diversidad, construir relaciones de confianza y aportar desde miradas diversas. Este aprendizaje comienza, muchas veces, en la sala de clases, cuando los estudiantes experimentan espacios donde el diálogo prima sobre la imposición, y la co-construcción sobre la defensa de una sola perspectiva.

En esta línea, McKinsey & Company destaca que las organizaciones buscan cada vez más personas capaces de colaborar en entornos diversos y de integrar distintas perspectivas en la toma de decisiones. En su estudio Diversity Wins: How Inclusion Matters (2020), la consultora señala que la inclusión permite que los equipos “trabajen mejor juntos”, mejorando la calidad de las decisiones y el desempeño organizacional. Estos hallazgos dialogan directamente con lo que ocurre en el aula cuando se promueven prácticas de escucha, respeto y colaboración.

Complementariamente, Deloitte, en su informe Global Human Capital Trends (2016), sostiene que las organizaciones con culturas inclusivas tienen el doble de probabilidades de cumplir o superar sus objetivos financieros. Esto refuerza la idea de que la equidad de género no es solo un imperativo ético, sino una condición habilitante para el aprendizaje, la innovación y el desempeño sostenible.

A estos hallazgos se suma la evidencia del Global Gender Gap Report 2023 del World Economic Forum, que muestra que los países y organizaciones que avanzan en cerrar las brechas de género tienden a presentar mayores niveles de productividad, innovación y desarrollo sostenible. Desde la experiencia docente, esta relación comienza a gestarse mucho antes de la inserción laboral, en aulas donde se aprende a convivir con la diferencia y a construir desde el respeto mutuo.

Estos estudios coinciden en un punto central: la equidad de género y la inclusión no son solo valores deseables, sino competencias que impactan directamente en la calidad de los resultados. Desde la docencia, estas competencias se forman cuando el aula se transforma en un espacio de encuentro, diálogo y aprendizaje compartido.

Por ello, la docencia se convierte en un espacio clave para la formación de personas capaces de desenvolverse en contextos diversos y de contribuir positivamente a sus entornos laborales y sociales. Integrar una visión de género en la práctica educativa implica también revisar nuestras propias actitudes, reconocer nuestras limitaciones y asumir que seguimos aprendiendo junto a nuestros estudiantes.

Tal como nos invita a reflexionar el Papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti (2020), la educación es un camino privilegiado para “construir la cultura del encuentro”. Esta invitación interpela directamente a la labor docente, desafiándonos a formar personas que no solo sepan hacer, sino también convivir, dialogar y colaborar en sociedades diversas.

En definitiva, valorar las diferencias de género en la educación no es un acto simbólico ni una consigna discursiva. Es una práctica formativa cotidiana que se construye desde la humildad, la escucha y el respeto, y que tiene impactos concretos en el desarrollo de las personas y en la preparación para el mundo del trabajo. En la medida en que integremos y vivamos la equidad de género en la sala de clases, estaremos formando personas más conscientes, colaborativas y empáticas, capaces de contribuir a organizaciones más inclusivas y a una sociedad más justa y humana. Solo así podremos cumplir el propósito de nuestra institución: formar personas para una sociedad mejor.

Referencias:

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2 comentarios

  • Karen Jara

    Cristina, tu artículo transmite convicción y una mirada profundamente humana sobre la docencia y la equidad de género. Logras conectar la experiencia en el aula con evidencia internacional. Me parece especialmente valioso cómo destacas la humildad y la escucha como competencias clave para el mundo laboral. Tu mensaje inspira y aporta con claridad a la conversación educativa actual y sus desafíos.

    Marzo 4, 2026
    | Responder
  • Kennerth Max-Moerbeck Carreño

    Buenas tardes. En mi larga experiencia profesional en empresas, liderando equipos de Recursos Humanos he tenido muy buenas experiencias en esta temática que tan bien ha expresado la señora Cristina. La felicito por sus palabras que mueven a la reflexión y disposición en los docentes para esta encomiable tarea.

    Marzo 6, 2026
    | Responder

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