30 de Marzo, 2026

La matriz de riesgos como activo estratégico: Información clave para una gestión de excelencia

Óscar Trujillo Cortés.

Óscar Trujillo Cortés.

Subdirector de Auditoría de Duoc UC.

4 minutos de lectura

En el ámbito de la auditoría, la matriz de riesgos y la gestión que se desarrolla en torno a ella representan un activo de información especialmente valioso. No se trata solo de un instrumento técnico o de un requisito metodológico, sino de una herramienta que permite comprender mejor cómo funcionan los procesos y dónde se encuentran sus principales puntos de atención. Cuando los equipos identifican, analizan y evalúan sus riesgos y controles bajo una metodología común y consistente, se genera un conocimiento más profundo de la operación institucional. Ese conocimiento, a su vez, favorece una relación más fluida y provechosa con los procesos de auditoría, genera sinergias entre las distintas funciones de control y entrega mayores certezas tanto a la institución como a quienes toman decisiones.

La matriz de riesgos cumple un rol fundamental porque permite ordenar, estructurar y sistematizar información que, de otra manera, podría permanecer dispersa entre distintos procesos, áreas o niveles de la organización. Al identificar con claridad los riesgos, sus causas, sus posibles consecuencias y los controles asociados, se construye una visión más integral del funcionamiento institucional. Esta mirada no solo ayuda a comprender mejor cómo operan los procesos, sino también a detectar con mayor precisión aquellos puntos que requieren seguimiento, fortalecimiento o mejora.

En este contexto, desarrollar conciencia sobre las causas y los efectos de los riesgos va mucho más allá de un ejercicio teórico. Se trata de una capacidad clave para la gestión estratégica. Comprender por qué puede ocurrir un riesgo, qué impacto podría tener y qué tan preparado está un proceso para enfrentarlo permite identificar dónde están las vulnerabilidades más relevantes. Esa claridad resulta esencial para priorizar adecuadamente, especialmente en organizaciones complejas, donde los recursos, el tiempo y las capacidades son siempre limitados. Gestionar riesgos de manera consciente permite enfocar los esfuerzos allí donde realmente pueden marcar una diferencia, es decir, en aquellos procesos o actividades en los que una eventual falla podría generar efectos más significativos para la institución.

Priorizar, en este sentido, no significa desatender lo demás, sino actuar con criterio. Significa reconocer que no todos los riesgos tienen la misma criticidad ni requieren el mismo nivel de atención, y que una gestión madura debe ser capaz de distinguir lo urgente de lo importante, lo accesorio de lo esencial. Esta capacidad de priorización fortalece la toma de decisiones, mejora el uso de los recursos disponibles y aumenta la efectividad de las acciones de control y mejora.

La fortaleza del modelo radica, además, en la colaboración sistémica entre las distintas líneas de defensa. Cada una cumple un rol específico y complementario. La primera línea administra y ejecuta los procesos, por lo que conoce de manera directa la operación y sus riesgos. La segunda línea entrega orientación y apoyo metodológico para que la gestión de riesgos se realice de forma consistente, ordenada y alineada con el modelo institucional. La tercera línea, representada por auditoría interna, verifica de manera objetiva e independiente, mediante pruebas y revisiones, si los controles diseñados están funcionando y si efectivamente están cumpliendo su propósito.

Cuando este modelo opera de manera coordinada, se generan importantes beneficios para la institución. Cada línea aporta desde su ámbito, sin superponerse ni duplicar esfuerzos, lo que permite que el sistema de control interno funcione con mayor claridad, coherencia y efectividad. Esta articulación no solo fortalece los controles existentes, sino que también genera confianza en la gestión institucional, mejora la calidad de la información disponible y favorece una toma de decisiones más informada y oportuna.

Desde esta perspectiva, la gestión de riesgos y la auditoría no deben entenderse como procesos separados o desconectados. Por el contrario, son componentes complementarios de una misma lógica de fortalecimiento institucional. Ambas contribuyen a que la organización sea más transparente, más consciente de sus desafíos y más capaz de responder a un entorno cada vez más exigente, cambiante y complejo.

Por tanto, promover la conciencia sobre los riesgos, fortalecer las sinergias entre funciones y desarrollar una adecuada capacidad de priorización permite avanzar hacia una gestión más robusta y madura. No solo mejora la comprensión de los procesos y la efectividad de los controles, sino que también ayuda a construir una institución más preparada, más confiable y mejor orientada al cumplimiento de sus objetivos y de su misión.

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