16 de Marzo, 2026

Florecer en territorios desafiantes: mujeres docentes construyendo igualdad desde la fortaleza

Marcela Moraga Reyes

Marcela Moraga Reyes

Docente de la Escuela de Construcción de la sede San Andrés de Concepción de Duoc UC.

6 minutos de lectura

Durante décadas la docencia ha sido uno de los espacios donde las mujeres hemos tenido mayor presencia. Sin embargo, no todos los espacios educativos han sido igualmente abiertos a nuestra participación. Las carreras técnicas y profesionales vinculadas a la ingeniería, la construcción, la minería o la prevención de riesgos fueron históricamente consideradas “territorios masculinos”, tanto por sus exigencias físicas como por los estereotipos culturales que asociaban el liderazgo técnico, la toma de decisiones y la autoridad con lo masculino. Hoy, esa realidad está cambiando, el trabajo constante, silencioso y comprometido de mujeres docentes que hemos ido abriendo camino desde el aula.

Desde mi experiencia como mujer profesional, con 26 años de trayectoria y más de 14 años dedicada a la docencia en carreras técnicas y profesionales, puedo afirmar con convicción que el enfoque de igualdad de género no es un concepto abstracto ni un eslogan institucional. Es una vivencia cotidiana que se construye clase a clase, relación a relación, retroalimentación a retroalimentación. Es la forma en que enseñamos, cómo miramos a nuestros estudiantes y cómo creemos en ellos y ellas, muchas veces incluso antes de que crean en sí mismos, siendo capaces de asumir nuevos desafíos académicos al finalizar sus carreras.

Ser mujer y ejercer la docencia en estos espacios ha significado, en primer lugar, desafiar estereotipos. No desde la confrontación, sino desde la coherencia: Desde la presencia profesional, la solvencia técnica, el liderazgo pedagógico y la cercanía humana. La psicología positiva nos enseña que las personas crecen cuando se sienten vistas, valoradas y capaces. Eso es justamente lo que muchas mujeres docentes aportamos a estos entornos: una mirada integral del estudiante, que no solo evalúa su rendimiento académico, sino también su potencial, sus fortalezas y su capacidad de desarrollo.

A lo largo de los años, he sido testigo de cómo jóvenes, hombres y mujeres, ingresan a carreras como ingeniería, técnico en construcción o prevención de riesgos cargando inseguridades, miedos y creencias limitantes. Algunas mujeres dudan de si “encajan” en estos espacios; algunos hombres sienten que deben responder a un modelo rígido de fortaleza o competitividad. En ese escenario, el rol de la docente mujer se vuelve profundamente transformador, porque introduce una pedagogía basada en la empatía, la colaboración y la confianza.

La igualdad de género no significa tratar a todos de la misma manera, sino ofrecer a cada persona las condiciones necesarias para desarrollarse plenamente. Ahí es donde las competencias blandas, tan trabajadas por las mujeres a lo largo de nuestra historia personal y profesional, cobran un valor estratégico. La inteligencia emocional, la comunicación efectiva, la capacidad de trabajar en equipo, la resiliencia, la adaptabilidad y la creatividad no son solo atributos “deseables”: hoy son competencias clave para el mundo laboral moderno, especialmente en sectores complejos como la minería, la construcción o la industria forestal.

Como docentes mujeres, hemos integrado estas competencias al proceso formativo, no como un añadido, sino como parte esencial del aprendizaje. Cuando enseñamos seguridad laboral, por ejemplo, no solo hablamos de normas y protocolos, sino también de autocuidado, responsabilidad compartida y conciencia del otro. Cuando trabajamos proyectos, promovemos el trabajo colaborativo y el respeto por la diversidad de opiniones. Cuando evaluamos, consideramos no solo el resultado final, sino también el proceso, el esfuerzo, la mejora y la capacidad de aprender del error.

Desde la psicología positiva, sabemos que las personas florecen cuando pueden identificar y desarrollar sus fortalezas. En el aula, esto se traduce en ayudar a nuestros estudiantes a reconocer aquello que hacen bien: algunos destacan por su liderazgo, otros por su análisis, otros por su creatividad; y otros, por su constancia. Este enfoque es especialmente relevante en contextos donde históricamente se ha valorado solo un tipo de talento, generalmente asociado a lo técnico y lo racional, dejando de lado habilidades igual de importantes, como la comunicación, la empatía o la cooperación.

En sectores como la minería o la construcción, donde he tenido experiencia directa, he visto cómo equipos que integran estas competencias funcionan mejor, tienen menos conflictos y logran mejores resultados. Eso es justamente lo que buscamos transmitir a nuestros jóvenes: que ser un buen profesional no es solo saber mucho, sino saber relacionarse, adaptarse y trabajar con otros.

Para muchas estudiantes, el hecho de ver a una docente a cargo de una asignatura técnica puede tener un significado especial. Más que un modelo ideal, representa una señal concreta de que estos espacios también pueden ser habitados por mujeres, y que es posible proyectarse en ellos, aprender, equivocarse y avanzar en el proceso formativo.

Del mismo modo, para los estudiantes hombres, esta experiencia puede aportar a su formación al permitirles interactuar con figuras de liderazgo femenino desde el respeto, la colaboración y la confianza

La igualdad de género en la práctica no se impone, se construye cuando promovemos la participación, cuando escuchamos activamente, cuando damos oportunidades, cuando valoramos la diversidad de estilos y talentos. En el aula, esto se manifiesta en pequeñas grandes acciones: invitar a una estudiante a liderar un equipo, validar una opinión distinta, acompañar a quien duda, reconocer el esfuerzo, fomentar la reflexión.

Después de más de una década enseñando en carreras tradicionalmente masculinizadas, puedo decir que mi experiencia ha sido profundamente positiva. He visto cómo las mujeres hemos ido ocupando más espacios, no solo por nuestra formación profesional, sino por nuestras fortalezas humanas. Hemos aportado una forma distinta de mirar el aprendizaje y el trabajo: más colaborativa, más consciente, más conectada con las personas.

En un mundo laboral que enfrenta cambios acelerados, automatización, presión por resultados y alta exigencia, las competencias que históricamente hemos desarrollado las mujeres se vuelven más relevantes que nunca. La capacidad de adaptarse, de aprender, de comunicarse, de cuidar, de sostener equipos, de innovar desde la colaboración son hoy ventajas competitivas. Desde la docencia, tenemos el privilegio y la responsabilidad de formar profesionales integrales, capaces no solo de hacer, sino también de ser.

Ser mujer y ejercer la docencia es, en este sentido, un acto de liderazgo positivo. Un liderazgo que no se basa en el control, sino en la influencia; no en el miedo, sino en la confianza; no en la competencia, sino en la cooperación. Un liderazgo que inspira a otros a creer en sí mismos y a construir entornos más justos, humanos y productivos.

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