Ser mujer y ejercer la docencia en educación superior no es únicamente transmitir conocimientos disciplinares, teóricos y prácticos. Es habitar un espacio complejo donde el saber académico convive con el cuidado, la responsabilidad emocional y el compromiso humano con quienes están en el aula.
Llevo más de una década haciendo clases en la Escuela de Diseño, específicamente en la carrera de Diseño Gráfico. A lo largo de estos años he confirmado una convicción que guía mi práctica pedagógica: el aprendizaje profundo no ocurre en contextos de miedo, distancia o indiferencia, sino en espacios donde existe confianza, respeto y una exigencia clara, honesta y sostenida. Siempre he buscado generar un buen clima de aula, no como un gesto blando, sino como una condición básica para que el pensamiento crítico, la creatividad y la formación profesional y personal, puedan desplegarse con sentido.
Formar diseñadores, o profesionales de cualquier disciplina, implica también formar criterio, carácter, ética y responsabilidad, transmitiendo estos valores intangibles con cariño y visión de futuro. En ese proceso, muchas veces los estudiantes llegan con dudas que no tienen que ver con un trabajo o una rúbrica, sino con decisiones de vida, inseguridades profundas o situaciones personales complejas. Escuchar, orientar y decir la verdad con respeto y humildad cuando corresponde ha sido parte central de mi trayectoria docente.
Ser mujer docente suele implicar que ese rol de escucha y contención se dé casi por defecto. No siempre se pide explícitamente, pero se espera. Hacerlo bien requiere vocación, energía, tiempo y una disposición emocional que no siempre es visible. Sin embargo, he elegido ejercer la docencia desde ese lugar: con franqueza, con límites claros, pero también con humanidad, impactada por mi rol de madre.
Nunca olvidaré la experiencia vivida en 2020: fue reveladora respecto de lo que significa ser mujer, madre y docente al mismo tiempo. En plena pandemia, con una hija menor de un año, continué realizando clases en modalidad online en un contexto de incertidumbre generalizada. Durante ese período, no siempre pude encender la cámara. No fue por desinterés ni falta de compromiso profesional, sino porque, literalmente, hice clases dando alimento a mi hija mientras entregaba contenidos académicos a mis estudiantes.
Fue una experiencia dura y exigente, tanto física como emocionalmente. La maternidad no quedó fuera del trabajo: se integró, sin pedir permiso, a la práctica pedagógica cotidiana en un contexto online. Aun así, el rigor académico se mantuvo intacto. Las clases se prepararon, los contenidos se abordaron con profundidad y la exigencia se mantuvo intacta.
Los estudiantes de dicho año pandémico, a quienes solo había alcanzado a conocer una semana de forma presencial antes del confinamiento, respondieron con una empatía y un respeto que marcaron profundamente esa experiencia. Hubo comprensión, compromiso y responsabilidad académica, lo que pude comprobar cuando regresamos a la presencialidad: los aprendizajes del exigente contexto online estaban ahí. Este resultado no lo atribuyo a una idealización del esfuerzo, sino a algo mucho más simple y potente: el reconocimiento mutuo de la condición humana en el proceso educativo.
Esa experiencia dejó una enseñanza clara. La docencia no se empobrece cuando se ejerce desde la fragilidad; por el contrario, se vuelve más significativa. Mostrar que enseñar también implica conciliar roles, límites y realidades personales no debilita la autoridad pedagógica, sino que la humaniza. Cuando la humanidad entra al aula, el aprendizaje adquiere un sentido más profundo y duradero, más allá del amor a lo que se enseña disciplinarmente.
Ser mujer y madre en la docencia superior no debería vivirse como una heroicidad silenciosa, ni como una carga que se debe ocultar, pero tampoco como un mérito extraordinario. Es una realidad concreta que atraviesa el ejercicio profesional de muchas docentes y que merece ser visibilizada sin romantizarse, pero también sin negarse.
A lo largo de los años he sido testigo de estudiantes que han logrado terminar sus carreras gracias a una conversación a tiempo, a un límite claro, a una palabra honesta dicha sin rodeos. La docencia que practico no evita la exigencia ni el conflicto cuando es necesario. Al contrario, creo firmemente que el respeto también se construye desde la verdad y la responsabilidad de formar futuros colegas.
Desde esa convicción he formado profesionales, pero también personas. He visto cómo ese enfoque deja huellas que perduran más allá de una asignatura, un semestre, un año o dos. No se trata de una docencia basada en la complacencia, sino en la coherencia entre lo que se enseña y lo que se practica, tanto en lo profesional como en lo personal. Enseñar diseño, pensamiento crítico o ética profesional exige encarnar esos valores en la forma en que se ejerce la autoridad pedagógica.
Hoy, al mirar mi trayectoria, entiendo que ejercer la docencia como mujer implica sostener múltiples dimensiones al mismo tiempo: la disciplinar, la ética, la emocional, la vocacional y, en muchos casos, la maternal. No siempre es fácil. Muchas veces es agotador. Pero también puede ser profundamente significativo cuando existe un entorno que comprende que preparar profesionales no es un acto neutro, ajeno a historias y contextos personales.
Visibilizar estas experiencias no busca instalar una lógica de sacrificio permanente, sino abrir una reflexión necesaria sobre cómo entendemos la docencia y qué esperamos de quienes la ejercen. Reconocer el valor del cuidado, del cariño por el trabajo bien hecho, de la empatía y de la humanidad en el aula no es rebajar los estándares académicos: es fortalecerlos desde una comprensión más completa del proceso educativo.
Como mujer, profesional y madre, sigo creyendo que educar es uno de los actos más profundamente humanos que existen, y que cuando esa humanidad se reconoce y se legitima, la docencia se vuelve más justa, más consciente y, sobre todo, más transformadora. Esa es la docencia que ejerzo. Esa es la docencia en la que creo.
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