Con un llamado a las naciones, el Papa Francisco invitó al compromiso de abrazar un Pacto Educativo Global, que es una potente estrategia para evangelizar el tiempo presente y el venidero, permitiendo así que la resurrección del Señor traiga la vida ante los fatalismos y determinismos de la actual época. El foco es la educación de las juventudes, de quienes se espera los frutos de esta alianza.
Por medio de siete compromisos, el sumo Pontífice conminó a todos los componentes de la sociedad a sumarse y trabajar por poner la persona en el centro, escuchar a las jóvenes generaciones, promover a la mujer, responsabilizar a la familia, renovar la economía y la política, cuidar la casa común y abrirse a la acogida; tema sobre el cual trata esta columna.
¿Qué es abrirse a la acogida? ¿Qué entendemos por acoger a alguien? Para responder a estas preguntas no hay que ir muy lejos, ni transitar por definiciones demasiado sofisticadas, ni buscar por fuera lo que se tiene dentro. Basta solo con mirar al otro para intuir lo que significa acoger a un semejante y desplegar hacia esa persona un acto intrínseco al corazón humano.
En este contexto, la intuición se entenderá como la capacidad humana de conocer, dentro de la realidad existente, verdades fundamentales que no constituyen objeto de demostración y que poseen un carácter evidente e infalible (Aristóteles, 1994, p.283). En la misma línea, Santo Tomás de Aquino sostiene que la intuición no corresponde a un conocimiento místico o irracional, sino a un acto inmediato y directo mediante el cual el intelecto capta la esencia de las cosas, trascendiendo las apariencias sensibles (García, 2010, p.403), como ocurre en el reconocimiento de la propia dignidad humana presente en cada individuo.
En adición a lo anterior, la dignidad es reconocida en la experiencia concreta con el otro: cuando miramos el rostro de un estudiante que busca sentido para su vida, de un joven que carga cansancios silenciosos, de una persona excluida que anhela ser reconocida o de una comunidad que espera ser escuchada sin prejuicios. Allí, en la rutina cotidiana del encuentro humano, comprendemos que cada persona posee un valor irrenunciable.
Este atributo constitutivo de las personas que palpita en su interior es lo que permite generar el hermoso movimiento afectivo de la acogida. Entonces, para responder las preguntas antes formuladas, se puede afirmar que la acogida es todo acto en razón del bien que nace del corazón humano hacia otro, movido por el reconocimiento de su dignidad (Abeso, 2022, p.8), la que se identifica como una verdad irrefutable que viene al intelecto de manera intuitiva, justo cuando dos personas se encuentran.
La tradición cristiana ha comprendido esta verdad desde sus orígenes. Las Sagradas Escrituras revelan a un Dios que sale al encuentro de la humanidad, que llama, acompaña y cuida a su pueblo. “Yo os haré mi pueblo, y seré vuestro Dios” (Ex. 6, 7), afirma el libro del Éxodo. El profeta Oseas, por su parte, describe la ternura divina con una imagen profundamente conmovedora: “Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor” (Os. 11, 4). En contraste con muchas imágenes religiosas antiguas marcadas por el temor o la distancia frente a lo divino, la fe bíblica presenta con singular fuerza a un Dios que busca al ser humano y establece con él una relación fundada en el amor. Porque, en efecto, “hechura suya somos” (Ef. 2, 10). De aquí que procede la dignidad de toda persona.
Jesús de Nazaret representa el ejemplo más concreto y radical de esta apertura a la acogida. A lo largo de su ministerio, miró a cada persona reconociendo su dignidad, incluso allí donde otros solo veían pecado, exclusión o fracaso. Miró con amor al joven rico (Mc. 10, 21); llamó a Zaqueo y quiso hospedarse en su casa (Lc. 19, 5). Restaura la dignidad de la mujer sorprendida en adulterio (Juan 8, 1-11) al detener su apedreamiento, ofreciendo gracia en lugar de condena y desafiando el sistema social que la marginaba.
Jesús acogió a quienes eran marginados por la sociedad de su tiempo. Sin embargo, la acogida de Jesús nunca fue indiferencia ni simple cordialidad. Su modo de encontrarse con los demás restauraba, dignificaba y transformaba la vida de las personas. Jesús acoge sin reducir a nadie a su historia o a sus heridas, pero al mismo tiempo invita siempre a una vida nueva.
La declaración Dignitas infinita, sintetiza que la dignidad humana es intrínseca, inalienable e incondicional, pues brota del hecho de que toda persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Ninguna situación social, económica, cultural o personal puede anular ese valor fundamental. Es un don divino, que implica respeto absoluto desde la concepción hasta la muerte natural.
Pues bien, no hay lugar más privilegiado para desarrollar una cultura de la acogida que en las casas de estudio de educación superior católicas, porque es allí donde la dignidad humana tiene que ser tutelada mediante el propio curso de la enseñanza en su amplio sentido (Ex Corde Ecclesiae, 22). Además, este es el lugar que el Papa Francisco destacó como un acicate del Pacto Educativo, invitando a las instituciones católicas a, incluso, investigar sobre asuntos de Dignidad Humana y Derechos Humanos, entre otros temas de gran relevancia. (Congregación para la Educación Católica, 2020, p.17). Es por esto, que se espera que todo el proyecto educativo en sus dimensiones de formación formal y extracurricular deba estar atravesado por el principio de la dignidad humana y empeñarse por caminar bajo la guía de este precioso atributo es un imperativo ético.
La Pastoral, por su parte, en la educación superior católica, cumple una función crucial en hacer visible la identidad institucional articulando el proyecto educativo con la misión eclesial, integrando fe, razón y vida en la comunidad académica. El documento Ex Corde Ecclesiae subraya que la pastoral no es un añadido, sino un elemento constitutivo orientado a la formación integral, al diálogo entre fe y cultura y a la evangelización del ámbito de educación superior, pilares fundamentales de una cultura de la acogida. Desde aquí, se desprende que la educación católica está llamada a ofrecer una acogida abierta a todos, creyentes o no creyentes, personas cercanas o distantes de la Iglesia, no como imposición ideológica, sino como testimonio concreto de una manera evangélica de mirar, escuchar y servir.
Ya se ha mencionado que la dignidad humana constituye la base sobre la cual descansa todo acto auténtico de apertura y acogida. Sin embargo, dicha dignidad muchas veces puede quedar opacada por los males que la transgreden. El Papa Francisco dice que aún en nuestros días, persisten e incluso se profundizan desigualdades sociales, económicas y culturales que atentan contra la dignidad de las personas. Mientras algunos cuentan con las condiciones necesarias para desarrollarse plenamente junto a sus familias, muchas otras viven situaciones de exclusión, siendo consideradas ciudadanos incompletos o marginados de la vida urbana y social. Una comunidad verdaderamente sana es aquella que integra y se preocupa por quienes son más vulnerables, promoviendo que todos puedan participar plenamente con los mismos derechos y oportunidades (Congregación para la Educación Católica, 2020, p.14). Superando, así, lo que el Papa Francisco llamó, la cultura del descarte (Laudato Si’, 22), en donde hombres y mujeres sufren porque son tratados como cosas desechables, priorizando el consumismo y la utilidad económica sobre la dignidad humana.
En el contexto de Duoc UC, abrirse a la acogida significa mirar atentamente las historias concretas de quienes llegan diariamente a nuestras sedes. Muchos estudiantes pertenecen a la primera generación de sus familias en acceder a la educación superior; otros compatibilizan estudios y trabajo; algunos experimentan soledad, ansiedad o incertidumbre frente al futuro; también están quienes llegan desde otros países, quienes viven situaciones de discapacidad o quienes cargan heridas profundas en sus trayectorias personales y familiares. Cada uno de ellos trae consigo talentos, preguntas, búsquedas y esperanzas que desafían constantemente nuestra manera de educar y acompañar.
Por ello, la acogida no puede limitarse a un gesto inicial de bienvenida. Debe transformarse en una cultura institucional permanente mediante políticas de inclusión. Acoger significa permitir que la presencia del otro transforme también las prácticas educativas, las formas de acompañar y los modos de comprender la comunidad. En este sentido, la acogida es siempre recíproca: no solo se acoge, sino que también se es acogido e interpelado por quienes llegan a las instituciones.
En conclusión, el pontificado de Francisco entregó las pautas para promover el compromiso por y con las jóvenes generaciones, renovando la pasión por una educación más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión. Solo de este modo, una apertura a la acogida sería posible; sin perder de vista la razón por la que vale la pena todos los esfuerzos: la dignidad de las personas; y así, proclamar junto al salmista el más bello de los versos del salmo número 8, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad.
Referencias
1. Abeso, M. (2022–2023). El problema del bien: El bien del hombre según Santo Tomás de Aquino. Cuadernos Doctorales de la Facultad Eclesiástica de Filosofía, 31, 5–133. Universidad de Navarra. DADUN Universidad de Navarra
2. Aristóteles. (1994). Ética a Nicómaco: Libros I, VI y X (M. Araujo y J. Marías, trads.). Universitat de València. PDF Libro VI Ética a Nicómaco
3. Biblia de Jerusalén (1992) (3.ª ed., edición de bolsillo). Desclée De Brouwer.
4. Congregación para la Educación Católica. (2020). Vademécum del Pacto Educativo Global. Santa Sede. Education Global Compact
5. Dicasterio para la Doctrina de la Fe. (2024, 8 de abril). Declaración “Dignitas infinita” sobre la dignidad humana. Santa Sede. Sala de Prensa de la Santa Sede
6. Francisco. (2015). Laudato si’: Sobre el cuidado de la casa común. Libreria Editrice Vaticana. Vatican.va
7. García, J. (2010). La dignidad humana: fundamento de la ética y del derecho. Estudios Filosóficos, 59(170), 41–60. Estudios Filosóficos PDF
8. Juan Pablo II. (1990). Ex corde ecclesiae: Sobre las universidades católicas. Librería Editrice Vaticana. Vatican.va
9. Rivas, M. (s.f.). Los castigos eternos de la mitología clásica: tormentos eternos en el inframundo de Hades. Portal Mitología
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