2 de Marzo, 2026

8M: Mujeres indígenas y turismo en Chile, cuando cuidar el territorio también es futuro

Stephanie Carmody Lobo

Stephanie Carmody Lobo

Docente de la Escuela de Turismo y Hospitalidad del campus Villarrica de Duoc UC.

7 minutos de lectura

Cada 8 de marzo se nos invita a reflexionar sobre los avances y las deudas pendientes en materia de derechos de las mujeres. En Chile, este ejercicio no puede ser homogéneo ni simplista. Hablar de mujeres implica reconocer realidades diversas, trayectorias históricas diferenciadas y desigualdades que se superponen. En ese cruce de género, territorio y cultura, las mujeres indígenas ocupan un lugar clave, especialmente en un ámbito que ha crecido con fuerza en las últimas décadas: el turismo.

Esta reflexión no es solo teórica. Nace de un camino recorrido. Desde el año 2011 he tenido el privilegio de acompañar procesos de turismo comunitario e indígena en distintos territorios del país. Un camino hecho de viajes largos, conversaciones sin apuro, mate compartido, silencios respetuosos y escucha de historias que no suelen aparecer en los discursos oficiales del turismo. En ese recorrido, han sido principalmente mujeres indígenas quienes me han enseñado que el turismo puede ser mucho más que una actividad económica: puede ser una herramienta de dignidad, de resistencia y de futuro.

En territorios mapuche, aymara, likan antay, quechua, rapa nui, kawésqar y yagán, entre otros, el turismo no ha sido solo una oportunidad emergente. Para muchas mujeres se ha convertido en una estrategia concreta para permanecer en su territorio, generar ingresos sin migrar y fortalecer sus comunidades. En un país marcado por la migración forzada desde zonas rurales hacia las ciudades, especialmente de mujeres jóvenes, el turismo comunitario aparece como una alternativa real para quedarse, criar y proyectar la vida en el lugar de origen.

A lo largo de estos años he visto cómo las mujeres indígenas sostienen, muchas veces en silencio, los pilares culturales de sus comunidades. Son ellas quienes resguardan la lengua, las prácticas alimentarias, la medicina tradicional, los rituales, los relatos y la relación espiritual con la naturaleza. Cuando una mujer abre su ruca, su casa o su territorio a visitantes, no está ofreciendo solo un servicio turístico: está compartiendo una forma de entender el mundo. En ese gesto cotidiano se produce una puesta en valor profunda de tradiciones que durante décadas fueron invisibilizadas, folclorizadas o derechamente negadas.

El turismo que impulsan las mujeres indígenas no responde a una lógica extractiva. No busca maximizar flujos ni rentabilidad a cualquier costo. Se construye desde el cuidado del territorio, el respeto por los ciclos de la naturaleza y una ética profundamente vinculada al buen vivir. No es casualidad que muchas de estas iniciativas se desarrollen en zonas de alto valor ecológico: bosques nativos, bordes costeros, humedales, montañas y desiertos. En estos espacios, las mujeres cumplen un rol central como defensoras del agua, la biodiversidad y los paisajes culturales que sostienen la vida comunitaria.

He acompañado a mujeres que lideran alojamientos familiares, cocinas tradicionales, guiados culturales, talleres de artesanía, recolección de hierbas medicinales y caminatas interpretativas: proyectos de pequeña escala, pero de enorme impacto. Iniciativas que generan ingresos que se quedan en el territorio, que se reinvierten en el hogar, en la educación de hijas e hijos y en la mejora de los espacios comunitarios. Para muchas de ellas, el turismo ha sido la primera fuente de ingresos propios, una puerta hacia la autonomía económica sin renunciar a su identidad ni a sus roles comunitarios.

La generación de economías familiares y locales es uno de los aportes más relevantes del turismo liderado por mujeres indígenas. A diferencia de los grandes proyectos externos, estas experiencias fortalecen redes locales, activan circuitos cortos de comercialización y promueven la colaboración entre familias. La economía se vuelve relacional y comunitaria: se comparte el trabajo, se rotan los beneficios y se construye confianza. En ese proceso, las mujeres asumen roles de liderazgo, gestión y articulación con instituciones públicas y privadas, desafiando estereotipos de género tanto dentro como fuera de sus comunidades.

Otro aprendizaje profundo de estos años ha sido comprender el turismo como una estrategia de arraigo. Cuando una mujer puede proyectar su vida en su propio territorio, el turismo se transforma en una herramienta contra la migración forzada. Permite que las nuevas generaciones encuentren sentido y oportunidades en su lugar de origen, evitando el quiebre de vínculos familiares, la pérdida de la lengua y el debilitamiento del tejido comunitario. El turismo, en este contexto, no es un fin en sí mismo, sino un medio para sostener la vida.

Esta experiencia territorial ha permeado también mi labor docente. Llevar estas historias, saberes y aprendizajes a las aulas ha sido una responsabilidad ética. Formar en turismo hoy no puede limitarse a enseñar modelos de negocio o estrategias de comercialización. Implica cuestionar el tipo de desarrollo que promovemos, reconocer las desigualdades estructurales del sector y visibilizar el rol de las mujeres indígenas como actoras clave del turismo con sentido. En la sala de clases, estas experiencias se transforman en casos reales, preguntas incómodas y oportunidades para formar profesionales más conscientes y comprometidos con los territorios.

Sin embargo, sería irresponsable romantizar estos procesos. Las mujeres indígenas enfrentan múltiples barreras: acceso limitado a financiamiento, sobrecarga de trabajo doméstico y comunitario, racismo estructural, falta de reconocimiento institucional y escasa participación en la toma de decisiones. Muchas sostienen emprendimientos turísticos al mismo tiempo que cuidan a sus familias, defienden sus territorios frente a amenazas extractivas y participan en organizaciones comunitarias. El turismo se suma, muchas veces, a una larga lista de responsabilidades invisibilizadas.

En el marco del 8M, es urgente preguntarnos qué tipo de turismo estamos impulsando como país. Si aspiramos a un turismo sostenible, regenerativo y con enfoque de derechos, debemos reconocer explícitamente el rol de las mujeres indígenas. No basta con visibilizar sus experiencias; se requieren políticas públicas pertinentes, financiamiento adecuado, formación contextualizada y procesos de acompañamiento respetuosos de los tiempos y las culturas locales.

Cada experiencia turística liderada por una mujer indígena es también un acto político. Interpela al visitante, cuestiona relatos hegemónicos y abre diálogos necesarios sobre historia, colonialismo, desigualdad y diversidad cultural. En ese encuentro, el turismo deja de ser consumo para convertirse en aprendizaje. Las mujeres indígenas no son atractivos turísticos: son sujetas de derechos, portadoras de conocimiento y agentes activas de transformación territorial.

Este 8 de marzo, reconocer el aporte de las mujeres indígenas al turismo en Chile es reconocer también su rol en la construcción de un país más justo y diverso. Es entender que el cuidado del territorio no es una consigna, sino una práctica cotidiana sostenida, en gran medida, por mujeres. Es valorar economías que no buscan crecer ilimitadamente, sino sostener la vida. Y es asumir que sin mujeres indígenas no hay turismo con sentido ni futuro posible para muchos de nuestros territorios.

Hablar de mujeres indígenas y turismo es, en definitiva, hablar de memoria, dignidad y futuro: uno que se construye desde lo local, desde lo comunitario y desde la fuerza persistente de mujeres que, día a día, siguen defendiendo la vida en todas sus formas.

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3 comentarios

  • Milena Rojas

    Gran valor para estas mujeres y su forma respetuosa, sostenible y consciente de hacer turismo!

    Marzo 2, 2026
    | Responder
  • Ximena Vera

    Que linda columna, relevar el origen de nuestra cultura, en el hogar, el espacio primero del ser humano, simplemente hermoso, gracias Steph!

    Marzo 3, 2026
    | Responder
  • Miguel Irarrazabal

    Muy buena columna!!! Las mujeres indigenas son un pilar muy importante en el desarrollo del turismo y de las personas.

    Marzo 8, 2026
    | Responder

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