Hemos aceptado que los cambios de paradigmas han ocurrido y seguirán ocurriendo en todas sus dimensiones, sobre todo en temas de Educación. Es algo que está instalado desde hace mucho tiempo en todo el mundo y que se continuará manifestando especialmente con los nuevos paradigmas de los procesos de aprendizaje de los alumnos.
Es sabido que los procesos educativos se han venido centrando cada vez más en el aprendizaje de los alumnos y en las metodologías de enseñanza. Lo interesante es tener presente los nuevos enfoques, las aristas han sido variadas y complejas y en lo últimos tiempos han cobrado relevancia y se han vuelto contingentes cobrando mucha actualidad. Algunos de esos nuevos paradigmas se han vuelto relevantes y contingentes, tales como: la adquisición de competencias de empleabilidad, el aprendizaje de los alumnos, la calidad de la educación, las formas de acceso de los alumnos a las instituciones, las metodologías de evaluación, las competencias de los docentes, las formas de financiamiento o la organización de la comunidad educativa. Son variados, heterogéneos y múltiples. Son profundas visiones las que están siendo impactadas, analizadas y reformadas a la luz de nuevos enfoques y avances de nuestra sociedad todavía en vías de desarrollo.
En efecto, todas ellas – y de seguro muchas otras – son todo un mundo en sí mismas y requieren tratamiento, análisis y discusión por separado. El país ahora se encuentra en eso y datos, antecedentes, estadísticas o cifras no faltan como para no tener buenas expectativas y esperanzas. De lo contrario podríamos perder una tremenda oportunidad.
No obstante, lo anterior, todos los paradigmas anteriores terminan por impactar en el centro de nuestro quehacer: “El Alumno”, quién es el sujeto que termina siendo nuestro denominador común y nuestro principal foco de atención.
En nuestra comunidad educativa, el paradigma fomenta el aprendizaje centrado en el alumno, donde lo que importa es la experiencia, la vivencia relacional y el relato que él mismo pueda construir a partir del acto pedagógico previamente planeado y reflexionado con el profesor. Una construcción que se hace entre todos y que la lidera el profesor, en donde importan la formación de competencias de la especialidad, las constitutivas de la personalidad y las de empleabilidad.
En la comunidad de Viña, hemos realizado importante esfuerzos por instalar estos conceptos en el centro de nuestra discusión y de nuestras reflexiones. Desde el año 2013 a la fecha, la co-construcción de un nuevo “proyecto de comunidad” nos ha permitido avanzar en diversos programas de desarrollo para la formación de nuestros alumnos, que se han traducido en acciones concretas y reales.
Las “comunidades de docentes de inicio”, “la comunidad de docentes de portafolio”, el CIAE (Centro de Investigación y Apoyo al Estudiante), el proyecto MESI (Modelo de Emprendimiento Social Inclusivo), el proyecto “gestión del curriculum”, el proyecto “mentoring”, el proyecto “conversatorios cómo vamos” son algunos de los proyectos que la sede ha impulsado y que la potencian y fortalecen.
Para lo anterior nos asiste la convicción que los aspectos relacionales, los de vinculación y cercanía, así como los de identidad, pertenencia y confianza puestos en acción con todos los actores de la comunidad, se traducen en una potente palanca de movilidad para que la comunidad organizada pueda apoyar la docencia impartida y la labor formativa desde todos los vértices posibles.
Una sede completa que contempla al “alumno como eje central de su quehacer”, con todos los colaboradores comprometidos con un solo foco en su horizonte “EL ALUMNO”.
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