Es inverosímil asumir que el perfil del estudiante se ha mantenido durante las distintas épocas de nuestra sociedad. Esta última varía tan aceleradamente producto de la revolución digital, los cambios políticos, económicos y culturales, lo que ha implicado variaciones sociales bastante radicales.
Actualmente, podríamos afirmar que vivimos en la “sociedad del conocimiento” (Drucker 1994), entendida como la sociedad en constante cambio debido principalmente a una revolución tecnológica, lo que ha implicado un incremento en las formas y medios de transferencia de la información. Por ende, se ha facilitado y acelerado la posibilidad de estar informados de forma constante. Esta posibilidad genera cambios en cómo se desarrollan ciertas actividades relevantes de la sociedad, por ejemplo, las del ámbito de la educación, que en términos concretos en el ámbito de la educación superior ha significado una masificación y un aumento considerable de la matrícula.
En este contexto se ha ido forjando un perfil de estudiante que se caracteriza por tener acceso total a la información, de forma fácil y rápida. Destacándose el individualismo como elemento transversal en los jóvenes, debido a que solo basta con un medio tecnológico para estar informado, sin la necesidad de requerir la ayuda de otros. Este factor está marcado también por la competencia, elemento primordial en nuestro sistema económico mundial actual.
Asimismo, complementando con lo planteado anteriormente se fundamenta como característica esencial un individualismo en la forma de pensar, que a la vez se contrasta con una capacidad de adaptación a distintas situaciones como trabajar en equipo o colaborativamente con la finalidad de lograr ser más eficientes. Están acostumbrados a recibir la información de forma ágil y rápida, por tanto, generalmente los atrae el trabajo práctico y la información entregada de manera visual y esquemática.
Es así como se ha ido estableciendo y describiendo a los estudiantes como pertenecientes a la generación Millenial. Como característica principal, procesan la información y piensan de manera diferente a las generaciones que la preceden, debido a un mayor uso de videojuegos e internet, en comparación con generaciones anteriores que se desarrollaron con la lectura y la conversación (Prensky, 2001).
En definitiva, estamos enfrentando nuevas realidades que requieren de estudiantes capaces de adaptarse y responder a necesidades que aún no conocemos. Estos cambios acelerados los evidenciamos en situaciones cotidianas que antes eran inimaginables como es la irrupción de la tecnología lo que permite estar a un “click” de distancia de la información por medio de distintos dispositivos tecnológicos. Es así como el conocimiento que se desprende de esta modernización de la información permite una mirada global al estudiante muy diferente de la visión local de hace solo algunos años.
Para adaptarse a la generación Millenial, las instituciones de educación superior se han visto obligadas a modificar sus programas de estudio, sus servicios y asignaturas (Oblinger, 2003, en Taglibau). En esta línea, es fundamental considerar que para los estudiantes es un proceso difícil la transición desde la educación secundaria a la educación superior, a lo anterior se suman los desafíos académicos específicos de sus áreas de estudio.
Ahora bien, desde nuestro rol de docentes, se nos generan complejos desafíos como adaptarnos constantemente al lenguaje y a los recursos tecnológicos utilizados por los estudiantes. Se agrega también la comprensión de los nuevos y diversos estilos de aprendizajes, lo que en la práctica implica generar cambios constantes en las metodologías de enseñanza – aprendizaje. Por ende, es primordial a la hora de realizar clases considerar los intereses de los estudiantes, sus formas de comprensión y sus diversas características.
Para aprovechar esta oportunidad de mejora, debiésemos poner al estudiante al centro de su propio aprendizaje; es decir, entregarle mayor responsabilidad, abordando sus diversos estilos de aprendizaje, incorporar nuevas metodologías que logren aprendizajes profundos como lo son el aprendizaje basado en proyectos y metodologías activas. De esta forma, perderemos el miedo al cambio y la innovación.
Finalmente, es menester agregar que este masivo flujo de información y conocimiento implica desarrollar destrezas y habilidades que otorguen un mayor nivel de desempeño al individuo en un mundo que se sabe regido por la competencia y el cambio. Es aquí donde aparece el modelo de aprendizaje basado en competencias, el desarrollo de habilidades blandas y transversales, como la simulación y trabajo práctico constante.
A lo anterior se suma una responsabilidad ética como docentes de formar personas con responsabilidad y habilidades integrales que les permitan desarrollarse y tomar buenas decisiones, respetando siempre al otro.
0