En el escenario actual, tanto a nivel global como en la educación superior, anticiparse a los desafíos ya no es solo una ventaja competitiva. También es una responsabilidad ética y operativa que debe estar presente en todos los niveles de la institución, desde las definiciones estratégicas hasta los aspectos más cotidianos, higiénicos y operacionales de los procesos.
Hoy más que nunca, la gestión de riesgos es una tarea de todos los equipos. Es un esfuerzo compartido que nos permite resguardar nuestra misión institucional y proyectar su impacto hacia el futuro.
Muchos expertos describen el entorno actual como un contexto VUCA, por sus siglas en inglés: volátil, incierto, complejo y ambiguo. En una institución como la nuestra, esto se refleja en una realidad marcada por nuevas innovaciones tecnológicas, cambios en las formas de aprender y enseñar, y una velocidad de transformación que nos exige adaptarnos de manera permanente. Frente a este contexto, necesitamos estar preparados para responder oportunamente y, al mismo tiempo, para formar a nuestros estudiantes de manera pertinente para un mundo laboral en constante evolución.
Este escenario también se expresa en mayores exigencias regulatorias y en la necesidad de asegurar estándares de calidad cada vez más altos en la formación de los estudiantes. Hoy, las instituciones de educación superior enfrentan no solo desafíos académicos, sino también tecnológicos, financieros, reputacionales y operacionales. Por eso, contar con una gestión de riesgos madura y sistemática se vuelve una herramienta clave para fortalecer la resiliencia institucional y sostener el cumplimiento de nuestra misión educativa.
Para enfrentar este contexto, hemos actualizado nuestra hoja de ruta. En ese marco, anunciamos la actualización de nuestra Política y del Manual de Gestión de Riesgos, elaborados a partir de las mejores prácticas internacionales en la materia, como ISO 31000 y COSO ERM. Estos referentes nos entregan principios y herramientas que permiten identificar, analizar y gestionar los riesgos que pueden afectar nuestro quehacer institucional.
Incorporar estas buenas prácticas no responde solo a un estándar técnico. También es una decisión estratégica orientada a fortalecer nuestra gobernanza institucional. Un modelo de gestión de riesgos bien implementado nos permite anticipar escenarios, tomar decisiones informadas y alinear a toda la institución en torno a prioridades claras. Así, la gestión de riesgos deja de ser una actividad reactiva y pasa a convertirse en un proceso permanente de aprendizaje y mejora institucional.
La Política establece los lineamientos y principios rectores, mientras que el Manual permite comprender las definiciones metodológicas y orientar la correcta aplicación del modelo de gestión de riesgos en nuestros procesos y actividades diarias.
Este marco actualizado impulsa una cultura y una forma de pensar basadas en riesgos, en la que los equipos gestionan de manera consciente los riesgos dentro de su ámbito de acción desde las sedes hasta el nivel central, contribuyendo a un objetivo común, con el apoyo metodológico de la función de Riesgos y la verificación independiente de Auditoría.
En definitiva, gestionar los riesgos no significa evitar los desafíos, sino enfrentarlos con mayor preparación, información y coordinación. Cuando los equipos conocen bien sus procesos, identifican sus riesgos y aplican controles adecuados, toda la institución se fortalece: se vuelve más sólida, más confiable y mejor preparada para cumplir su propósito formativo. Esa es la invitación que hoy extendemos a todas y todos quienes forman parte de nuestra comunidad.
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