Un sínodo es una reunión de obispos, sacerdotes y laicos, convocada por el Santo Padre, para abordar un tema específico. Este trabajo está al servicio del Papa y del ejercicio de su ministerio. Comprendido así, el Sínodo extraordinario sobre la familia, que se desarrolla en Roma por estos días, busca ayudar al Papa a formar su voluntad para favorecer una acción más eficaz de la Iglesia a favor de la familia, y desarrollar nuevos caminos de acción evangelizadora para vitalizar el acontecimiento de la fe en las distintas realidades familiares.
Esto significa, de modo particular, que el Sínodo sobre la familia no tiene la pretensión de elaborar doctrinas nuevas (porque no es esa la razón de su convocatoria), ni cambiar los contenidos fundamentales de la fe (porque no tiene competencia para hacerlo), sino que quiere ayudar a la Iglesia a comprender mejor las distintas situaciones que afectan a la familia, y al matrimonio, en el mundo post moderno, reflexionar sobre los desafíos que presentan a las formas en que las enseñanzas de la Iglesia se expresan en la vida -tradición disciplinar- y, sobre todo, desarrollar nuevos modos y actitudes pastorales para llevar el Evangelio a todas las realidades familiares, sin excepción.
Esta tarea encuentra un terreno propicio en nuestro país considerando que la familia constituye una de las instituciones más valoradas por los chilenos, formando parte del “alma de Chile”, tal como lo muestran los más diversos estudios socioculturales. Sin embargo, este camino de escucha y discernimiento no puede soslayar que hay situaciones particularmente complejas que afectan a la familia hoy. El individualismo, el consumismo, el excesivo trabajo, la búsqueda de la felicidad en lugares equivocados, la cultura de los derechos pero sin los correspondientes deberes, las dificultades para superar la frustración y los problemas propios de toda convivencia humana, la ideología de género que gangrena la institución matrimonial, la crisis en la transmisión de valores y convicciones religiosas a las nuevas generaciones, y la falta de compromiso, entre otros factores, hacen que la familia se vea hoy debilitada. Por ello, revisar y pensar nuevos métodos y generar un nuevo ardor misionero, lejos de ser un problema, es una oportunidad para mostrar la belleza del amor humano.
Con estos antecedentes, creo que el Sínodo no puede eludir abordar, desde la misericordia y la verdad del Evangelio, ciertos temas particularmente complejos. Por ejemplo, en su horizonte debe estar el desafío de proporcionar luces para ayudar concretamente a una mejor maduración de la vocación matrimonial; de agilizar la tramitación de las causas de nulidad en los tribunales eclesiásticos; de fortalecer la catequesis familiar como camino seguro de transmisión de la fe; de ir pro activamente al servicio de las realidades familiares más desprotegidas y complejas, sobre todo a nivel preventivo; de fortalecer el primer anuncio de la fe, especialmente para servir y evangelizar a los hijos; de buscar caminos para que los que están en situaciones irregulares participen, de acuerdo a sus posibilidades, de manera activa en la vida de la Iglesia; de mostrar propositivamente el concepto de paternidad responsable y de planificación familiar visibilizado, de manera especialmente lúcida, a partir de la Encíclica Humane Vitae, del Papa Pablo VI.
En este marco, el Sínodo es un signo de la providencia que nos renueva en la esperanza y nos hace poner la mirada en la célula básica de la sociedad. También es un signo profético en su temática, porque pone su foco no en el bienestar material de la familia o en lo que ella gana, sino en la familia misma, como el espacio más propicio para la vivencia del amor humano en toda su grandeza.
El Papa nos ha provocado a pensar, a aportar, a proponer. Y esa provocación que avanza, es un camino donde hemos de reconocer un itinerario para que la luz de la fe, custodiada por la Iglesia, brille con mayor plenitud y pueda ser reconocida por todos como un bien común. No creo aventurado afirmar que este Sínodo puede mover a la Iglesia a una nueva opción preferencial que, sin descuidar a los pobres y a los jóvenes, haga también de la familia ámbito prioritario.
La familia es un don de Dios, un bien común y el núcleo fundamental de la sociedad. Que este Sínodo sea una oportunidad para fortalecer a nuestras propias realidades familiares.
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