Gestión en Educación Superior: En busca de Calidad y Eficiencia

Gestión en Educación Superior: En busca de Calidad y Eficiencia

En el debate que se ha generado sobre la educación superior se está hablando mucho de financiamiento, que es muy relevante, pero mucho menos de calidad que es tanto o más relevante, o al menos deberían estar completamente relacionados.

Por lo general, las buenas instituciones de educación superior tienen como tarea fundamental formar bien a sus alumnos. En el caso de las universidades, se incluyen los alumnos de pre y post-grado, y además la tarea de crear y transmitir nuevo conocimiento. Las entidades contribuyen a la sociedad donde están insertas, no solo mediante la entrega de egresados bien preparados, sino también a través de conocimiento necesario para el desarrollo, de actividades de extensión que la enriquecen y de orientaciones para las políticas públicas,  entre muchos otros aportes.

Se requiere, eso sí, que esas instituciones, para ser calificadas de buenas, demuestren que lo hacen bien. En la gestión de las organizaciones existen dos formas principales de medir calidad: a través de lo que se produce (resultados) y a través de lo que se hace para producirlo (procesos). Evidentemente, hay una correlación entre lo segundo y lo primero. Si se hace bien el trabajo, es esperable que el resultado sea bueno. A las dimensiones anteriores, hay que agregar una tercera, que también las relaciona a ambas. Nadie puede ser de calidad sí, no obstante generar buenos resultados y tener procesos que son los adecuados, realiza su trabajo con un exceso de recursos, con pérdidas o desgaste exagerado (este es el mundo de la ineficiencia).

En definitiva, una entidad de educación superior debería ser medida por su calidad, en términos de procesos y resultados, y también por su eficiencia. Resulta importante considerar una mirada integral ya que, por ejemplo, una institución con muchos recursos (propios o del Estado), puede ser más grande (tener más profesores) y por eso tener más publicaciones científicas que otra, que con menos académicos, es capaz de publicar más por cada profesor. Ésa es la relación entre producción y productividad.

Se puede ir más allá e incorporar otras dimensiones, como el grado de satisfacción del personal, la comunidad aledaña o la sociedad como un todo. O evaluar el impacto, ya sea de las publicaciones cuando son más citadas, o de su propia formación, entendida como empleabilidad o rentas futuras de sus egresados.

Esto último es especialmente relevante en la educación técnico profesional, donde ante una menor selectividad, la “apuesta” se concentra en un proceso educativo enfocado, pragmático y efectivo, que colabore con lo que los alumnos esperan: empleos y renta razonable.

Para saber si una institución es de calidad, no basta con que se auto-califique o promueva como tal. Para determinar si estamos hablando de una buena o una mala institución de educación superior, se requiere de un modelo de evaluación conocido y validado, con indicadores demostradamente claves y con estándares  suficientemente exigentes. Se necesita también de un sistema de medición y registro funcional y honesto.

Las organizaciones de educación superior pueden tener modelos internos para evaluar su calidad y eficiencia, donde se escogen diferentes perspectivas e indicadores, se establecen las metas y, disponiendo de los datos adecuados, se define si se está cumpliendo apropiadamente o no. Normalmente este contexto tiene la dificultad de las evaluaciones multidimensionales, pero al menos se puede disponer de alertas de incumplimiento y de una apreciación de mejora en aspectos fundamentales a través del tiempo.

Para ir más lejos y disponer de una calificación apropiada y confiable, se requiere que sea un externo el que realice la evaluación de la forma más objetiva e independiente posible. Esa es la tarea que acometen tanto los agentes acreditadores como los rankings institucionales. Lamentablemente, en el caso de los primeros, el año 2012 evidenciamos en nuestro propio país los problemas y deficiencias que se pueden enfrentar. Los segundos no siempre trabajan con la suficiente transparencia o prolijidad deseable (es cierto, hay mejores y peores rankings). 

El Estado, a través del Ministerio de Educación o de una entidad especializada, como una subsecretaría o superintendencia para el área, debería proponer e invitar a discutir un modelo de medición de la calidad y la eficiencia en la educación superior, y la forma en que este modelo debería ser recogido y considerado en el marco, por ejemplo, de un proceso de acreditación  o el sistema de financiamiento.

Esperamos que de esa discusión también surjan aspectos específicos relacionados con la educación técnico-profesional y sus particularidades.

Patricio Donoso I., Presidente de Consejo Duoc UC

Su voto: Ninguno Media: 4.6 (19 votos)