El sentido cristiano del trabajo

El sentido cristiano del trabajo

Salud, trabajo y amor. Así parecen ser los componentes esenciales de una vida lograda, feliz. Al menos para el buen sentido común. Y así los recordamos cuando los poseemos, pero por sobre todo, cuando nos falta alguno de ellos. Los tres tienen algo de don recibido, pero también algo de tarea y de responsabilidad. Respecto de la salud, es evidente que la original contextura lozana del cuerpo y del espíritu debe ser cuidada de los excesos y de los evidentes perjuicios que advienen durante la vida. Del amor se puede decir, que el vehemente impulso o atracción de la o del joven, se transformará –para ser verdadero amor- en una preocupación que ya no es mera autocomplacencia pasiva sino cuidado y fidelidad por el otro(a) (La encíclica Dios es Amor de Benedicto XVI nos ha dado pautas muy hermosas respecto de este tema). Pero es probablemente el trabajo donde se deja ver de mejor manera su dimensión de tarea. De hecho, la tarea, es casi sinónima de trabajo. Por ello, me detendré antes en su calidad de don, si es que es posible pensar en algo así cuando hablamos del trabajo humano, para luego reflexionar de manera simple en su evidente dimensión activa. Me adelanto a exponer que es precisamente esta dimensión de don la que puede explicar el sentido o el significado de la dimensión propiamente activa del trabajo.

Someter la tierra y comer el pan con el sudor de la frente

El beneficio del trabajo se suele identificar primeramente con tener el sustento. De no carecer del pan cotidiano. Así era también la consideración en tiempos de Jesús. Basta recordar la parábola de los trabajadores de la viña, que aunque fueron contratados por estar cesantes a distintas horas del día, recibieron un denario, el sueldo equivalente al sustento diario (Mt 20,1-16). Por otro lado, al inicio del libro del Génesis se nos habla, casi simultáneo a la desobediencia de Dios y a la exclusión del Jardín del Edén, que el hombre deberá ganarse ese pan “con el sudor de la frente” (Gn 3,19). Es un bien, pero arduo. Sabemos que Jesucristo, el Dios con Nosotros ha venido a darle sentido al trabajo, no tanto para que deje de ser arduo, cuanto para que sepamos que «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo» ( Jn 5,17). Es decir, que Dios trabaja, y por nosotros.

Este trabajo, tal como lo expone la hermosísima carta encíclica Laborem Exercens (LE) del recordado Juan Pablo II, es una particular acción humana que muestra la condición de imagen y semejanza de Dios (cf. LE 4). Al crear, Dios manda al hombre “someter” la tierra en una suerte de continuidad con la obra creadora. Por cierto que no se trata de un dominar caprichoso y arbitrario, tal como sucede irresponsablemente en visiones materialistas engolosinadas por la efectividad de la técnica o por la primacía de los capitales económicos. Se trata más bien de la creación cultural desde lo dado naturalmente a la ordenación humana, en sus necesidades básicas, artísticas, sociales, y por cierto religiosas. El Concilio Vaticano II dirá que la cultura “es todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales, procurando ordenar el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo, haciendo más humana la vida social” (GS 53). En el libro del Génesis se habla de una ayuda adecuada y de “nombrar” a las cosas (Gn 2,18-20). En otras palabras, se trata de “cultivar” sobre la naturaleza dada. Es como la acción de sembrar la tierra, pero con un cierto orden y en una tierra labrada y bien dispuesta. No en vano es la agricultura una de las primeras expresiones culturales de los hombres. Por ello, el trabajo humano es prolongación del trabajo que todavía hace Dios. Y el don más preciado de Él es el hombre mismo. Como decía San Ireneo de Lyon, la gloria de Dios es la vida del hombre.

El hombre: sujeto del trabajo

La cultura de la que hablamos no es el privilegio de una elite “culta”. Es el mundo cultivado humanamente. Mientras mejor “trabajado” es más humano. Sin embargo, el valor del trabajo no radica primariamente en su valor “objetivo”, es decir, por el tipo de trabajo o por el valor que se le otorga en el mercado o por su productividad. Cuando la encíclica recién citada habla de Aquel que dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena al trabajo manual junto al banco del carpintero, “manifiesta cómo el fundamento para determinar el valor del trabajo humano no es en primer lugar el tipo de trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien lo ejecuta es una persona. Las fuentes de la dignidad del trabajo deben buscarse principalmente no en su dimensión objetiva, sino en su dimensión subjetiva” (LE 6). Es la persona quien lo realiza y esto es lo esencial.

Trabajador: humanizador humanizado

Si bien es cierto instruir bien en un tipo de profesión no es irrelevante, y hacer bien el trabajo en el que una persona se ha capacitado es parte de la ética profesional, la dimensión laboral no se remite solo a una automatización evaluada finalmente solo por la productividad. Ya se decía más arriba: se trata de una acción humanizadora, tanto para el sujeto actuante como para el beneficiado por el trabajo. Por ello es que su salario, por lo primero que suele evaluarse el trabajo, tampoco es una dimensión superficial. Él no se debería medir tanto por su productividad, sino también por la dignidad de quien es el que hace el trabajo. Pero por otro lado, el trabajo mismo –en las condiciones laborales humanas y en el oficio digno– es una acción que extiende un proceso de humanización, tanto en el aspecto material como en el de la solidaridad social. Y aquí entran las exigencias de los sindicatos según las enseñanzas de la Iglesia (LE 20). Pero más aún, como nos lo recuerda el citado documento de la Gaudium et Spes (GS), en la que se nos explicita la verdadera espiritualidad del trabajo: “La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre. Pues éste con su acción no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante que las riquezas exteriores que pueden acumularse… Por tanto, ésta es la norma de la actividad humana que, de acuerdo con los designios y voluntad divinos, sea conforme al auténtico bien del género humano y permita al hombre, como individuo y miembro de la sociedad, cultivar y realizar íntegramente su plena vocación” (GS 35).

Es la espiritualidad del trabajo de humanización, por el que trabaja y del trabajo por el otro(a). Esto es el sentido del trabajo cristiano.

 

Tomás Scherz, Pbro.

Vicario para la Educación

Arzobispado de Santiago

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