El conocimiento como oportunidad y el aprendizaje organizacional como urgencia

El conocimiento como oportunidad y el aprendizaje organizacional como urgencia

Estamos transitando por un nuevo siglo. El anterior se ha cerrado con dos hechos que están marcando a la sociedad del siglo XXI: por una parte, el término de la guerra fría y, por otra, la revolución informática. Estas dos situaciones han modificado sustancialmente los caminos de la sociedad industrial y de los estados nacionales. En este nuevo escenario, las barreras geográficas y relacionales de la población mundial han posibilitado, sobre todo para aquellos que poseen mayores riquezas, un mundo más interconectado, interdependiente, tecnologizado y abierto a los intercambios políticos, económicos, sociales y culturales. Como afirma Castells, “... hay la otra cara de la Tierra, la cara fea de la economía informacional. En las dos últimas décadas una quinta parte de la humanidad ha mejorado sustancialmente su nivel de vida, pero otra quinta parte ha empeorado sustancialmente y dos quintos de la población malvive con menos de dos dólares por día”.

Martín y Schumann (2001) complementan señalando que “La quinta parte rica de todos los estados decide sobre el 84.7% del producto interior bruto mundial, sus ciudadanos desarrollan el 84,2% del comercio mundial y poseen el 85.5% de todos los ahorros internos. Desde 1960, la distancia entre la quinta parte más rica y la más pobre de los países se ha más que duplicado...también esto es una declaración de bancarrota, legible en cifras, de una ayuda al desarrollo que prometía limpieza”. Unicef (2012) comprobaba que el 20% más rico de la población mundial disfrutaba del 83% del ingreso global total y el 40% más pobre, en un lapso de 17 años (1990 – 2007) aumentó su proporción del ingreso total en menos de un uno por ciento

 

Distribución global (%) 

1990

2000

2007

Quintil 5

87,0

86,8

82,8

Quintil 4

8,1

7,5

9,9

Quintil 3

2,8

3,2

4,2

Quintil 2

1,4

1,6

2,1

Quintil 1

0,8

0,8

1,0

# de observaciones

100

126

135

% de población global

86,3

91,1

92,4

% de PIB global

79,0

81,4

82,6

Fuente: Desigualdad Global: La distribución del ingreso en 141 países. (Unicef, 2012: 12)

 Desde la energía del carbón de la primera revolución industrial, pasando por la electricidad y el petróleo que dominan las fuentes energéticas del siglo veinte, llegamos a visualizar y presenciar a la información y al conocimiento como las grandes fuerzas que moverán las innovaciones, creatividad y sueños del hombre del nuevo milenio. Proyectados hacia una sociedad del conocimiento, el papel protagónico será representado por el cerebro humano. Al decir de Ridderstrale y Nordström  “el principal medio de producción es pequeño, gris y pesa mil trescientos gramos. Se trata del cerebro humano” y, agregan: “Nadie puede detener el conocimiento. Nadie puede aislarlo. Si el conocimiento es poder, el poder está en todas partes.

De esta forma, nuestro futuro, en lo personal y social, dependerá de la inversión que realicemos en el capital humano, en la educación y en la formación.

La sociedad del conocimiento supone una revolución acaso de mayor trascendencia que su antecesora  y requiere de una nueva pedagogía. La nueva sociedad que está emergiendo y las evoluciones científicas y tecnológicas, como construcciones sociales que a su vez configuran la realidad social y producen cambios en las estructuras sociales y de pensamiento, necesitan nuevas formas de pensar y hacer lo educativo.

Como señala Edgar Morin, (2001) “en estos tiempos globales navegamos en océanos de incertidumbre en los que sólo hay algunos archipiélagos de certeza, y acaso la escuela ha de constituirse necesariamente en uno de aquellos archipiélagos”. Para ello se hace urgente contar con otra institución escolar; necesitamos organizaciones educacionales flexibles,  abiertas, relacionales, explícitas, con una cultura común compartida y desarrollada por todos sus miembros en permanente interacción contextual; necesitamos, en definitiva, de organizaciones que sean capaces de aprender. Así, entonces, las organizaciones vinculadas a la educación juegan un papel fundamental en la sociedad del conocimiento en una doble vertiente: la creación de nuevos entornos de aprendizaje y la formación de nuevos profesionales. La autoridad política, por su parte, habrá de prestar los apoyos específicos que logren un equilibrio con las exigencias y la nación toda, docentes incluidos, hemos de entender que necesitamos aprender cómo enseñar mejor, en un escenario que nada tiene de rutinario.

“Mientras el espacio laboral no se convierta en un espacio de aprendizaje, el aprendizaje seguirá siendo una idea atractiva pero periférica”

(Senge, 1999)

 

 

Sebastían Sánchez Díaz.

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